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1.  La ciudad y las clases sociales.

Los actuales territorios metropolitanos cuestionan nuestra idea de ciudad: son vastos territorios de  urbanización discontinua, fragmentada en unos casos, difusa en otros, sin límites precisos, con escasos referentes físicos y simbólicos que marquen el territorio, de espacios públicos pobres y sometidos a potentes dinámicas privatizadoras, caracterizada por la segregación social y la especialización funcional a gran escala y por centralidades “gentrificadas” (clasistas) o “museificadas”, convertidas en parques temáticos o estratificadas por las ofertas de consumo.  Esta ciudad, o “no ciudad” (como diría Marc Augé) es a la vez expresión y reproducción de una sociedad a la vez heterogénea y compartimentada (o “guetizada”), es decir mal cohesionada. Como se expone al inicio de este trabajo las promesas que conlleva la revolución urbana, la maximización de la  autonomía individual especialmente, está solamente al alcance de una minoría. La multiplicación de las ofertas de trabajo, residencia, cultura, formación, ocio, etc., requieren un relativo alto nivel de ingresos y de información así como disponer de un efectivo derecho a la movilidad y a la inserción en redes telemáticas. Las relaciones sociales para una minoría se extienden y son menos dependientes del trabajo y de la residencia, pero para una mayoría se han empobrecido, debido a la precarización del trabajo y el tiempo gastado en la movilidad cotidiana.

Esta nueva sociedad urbana nos aparece, a diferencia de la sociedad industrial clásica de los siglos XIX y gran parte del XX, poco estructurada en grandes grupos sociales. Se describe usualmente como una sociedad individualizada,  muy segmentada en grupos diversos, en unos casos por sus ingresos, en otros por su edad o origen (inmigrantes), o por su status socio-económico o su relación con en el trabajo (asalariado, autónomo, desocupado, propietario, directivo), incluso por su nivel cultural o por su posición en el territorio (integrados o más o menos excluidos). Pero se perciben sus fracturas,  entre los que temen perder sus rentas de posición, mediocres privilegios y seguridades vulnerables (como se demuestra actualmente) y los que viven en precario, en sus trabajos y en sus derechos, sin otro horizonte vital que el de la incertidumbre, sin otra certeza que la de no poder alcanzar el nivel de sus expectativas ni de sus necesidades.

Es una sociedad que necesita del Estado del bienestar, pero precisamente éste no llega, o no lo suficiente, a los que más lo necesitan. El  discurso, se supone bienintencionado, que considera el Estado del bienestar como “nuestro Estado de derecho”  olvida que este programa no garantiza el “bienestar”, por insuficiente o inadaptado a las necesidades de hoy a gran parte de los que más lo necesitan: los mileuristas y los desocupados, los jóvenes que no pueden acceder a la vivienda y los inmigrantes sin derechos reconocidos, los  fracasados de la escuela y los excluidos por la fractura  o digital. Y la cada vez mayor fractura territorial que sufren  los que viven en el círculo vicioso de la marginación, en urbanizaciones periféricas o en barrios degradados, lejos de todo y demasiado cerca de los que viven la misma situación o peor que ellos.

En estos espacios urbanos y en estas sociedades atomizadas la democracia pierde sentido y la ciudad tiende a disolverse. Las fuerzas políticas progresistas, democráticas o denominadas de izquierda han podido desarrollar una gestión en los ámbitos locales o regionales asistencial, relativamente redistributiva, mediante programas de equipamientos y espacios públicos y de políticas sociales y culturales. Unas políticas más reproductoras que transformadoras (más de lo mismo). Pero han asumido el discurso capitalista y en muchos casos en su versión especulativa. El discurso de la ciudad “competitiva”, la concepción de los grandes proyectos urbanos y de las operaciones de renovación de zonas enteras de la ciudad ha ido unido a las omisiones escandalosas de falta de política de suelo y de vivienda en el tejido urbano compacto y de un gobierno metropolitano democrático que pudiera hacer políticas redistributivas e integradoras efectivas.

Las fuerzas políticas teóricamente representativas de las clases populares, o si prefieren las que sufren procesos discriminatorios y déficit de ciudadanía, has substituido el arraigo social por la instalación institucional. La disolución de la acción política ha sido en consecuencia acompañada por la disolución de su discurso. Si hay crisis de la ciudad (riesgo de degeneración y oportunidad de re-creación a una escala mayor), la izquierda debiera proponernos en el presente un proyecto de ciudad futura. Pero, sea desde los gobiernos o desde la oposición, no es capaz de proponernos políticas de resistencia y alternativa a los efectos perversos de la globalización que se manifiestan tanto en los procesos de gentrificación y de especialización en las áreas centrales como en los territorios periféricos donde se está desarrollando la ciudad futura, los vastos espacios urbanizados lacónicos, desprovistos de sentido y sin calidad de ciudad. Al  contrario, mediante políticas sectoriales y cortoplacistas acaba sometiéndose a la lógica segregadora y excluyente del mercado y contribuye en muchos casos a la disolución de lo ciudadano. A lo que gobernantes (derechas e izquierdas confundidas) y grandes empresas añaden en nombre de la competitividad y del marketing urbano la ostentación arquitectónica, el neomonumentalismo de exportación, que banalizan la ciudad y alienan a los ciudadanos, puesto que en muchos casos esta arquitectura de autor parece destinada a provocar sentimientos de expropiación en vez de la identificación o la emoción integradoras. El sentimiento de desposesión es hoy perceptible en las ciudades metropolitanas. La alienación y la explotación urbanas ya anunciada por joven Engels (en La situación de la clase trabajadora en Inglaterra) en 1844-45 se reproduce hoy a una escala mayor.

La complicidad de los políticos, y nos referimos especialmente a la izquierda institucional, se debe a su debilidad política frente a los actores económicos y sus representantes políticos y en ciertos casos  a la debilidad humana ante las tentaciones lucrativas. Pero también, y sobre todo, a la debilidad intelectual, el haber olvidado el análisis de clase de la sociedad, el desconocer las nuevas contradicciones del desarrollo urbano promovidas por el capitalismo financiero especulativo global, la incapacidad para aislar el bloque “cementero” local o nacional y en cambio el facilitar las expectativas de las clases populares de participar en las migajas del festín de la  burbuja inmobiliaria. Una debilidad culposa pues expertos reconocidos lo habían analizado y habían previsto el fin de la burbuja (por ejemplo J.M. Naredo  o el Observatorio Metropolitano de Madrid). Parece obligado referirse, aunque sea de forma muy sintética, a la ciudad y a las regiones metropolitanas, como una realidad contradictoria en la que se dan procesos de acumulación de capital y de explotación  y de alienación (o desposesión) social  y también de resistencias y reivindicaciones  populares.

 

2. ¿Hay que sentir temor del marxismo?

Si, es lógico el temor pues permite desvelar no solo las injusticias de la ciudad, lo cual es común a cualquier forma de pensamiento medianamente crítico, también nos permite entender el conjunto de mecanismos y de agentes que provocan esta injusticia. Los que proponen la ecuación, que hemos denominado imposible,  pretenden resolver la injusticia (los que van de ingenua buena fe, muchos otros simplemente utilizan una retórica legitimadora) pero sin intervenir sobre los causas y sin reconocer los mecanismos generadores de las desigualdades y exclusiones. Lo cual permite a los analistas “cientificistas” aplicar modelos interpretativos que explican porque los pobres viven en unos lugares y los ricos en otros. Previamente se han obviado o “naturalizado” los mecanismos económicos que generan este tipo de segregación social.

Hay que partir de un hecho: la urbanización es uno de los procesos principales de acumulación de capital, es decir de desarrollo de la clase capitalista . La llamada revolución urbana de las últimas décadas ha aumentado la cuota acumuladora por medio de la conversión del suelo rústico o expectante en urbanizable y urbano y por medio de la promoción inmobiliaria y la construcción de infraestructuras y edificios. El ciclo inmobiliario resultante genera crisis periódicas como corresponde a la producción de un bien necesario y mercantilizado, es decir que tiende a la sobreproducción respecto a la demanda solvente. El coste de la vivienda en el mercado no es el mismo del Ford T cuyo éxito se basó en definir un precio que los trabajadores industriales pudieran pagar. Las crisis cíclicas del sector inmobiliario desde la segunda guerra mundial hasta los años 80 fueron controladas por medio de las  políticas públicas keynesianas que reactivaban el sector de la construcción. El problema se acentuó considerablemente en los últimos 25 años.

La crisis actual que vincula directamente urbanización y financiarización es resultado de un juego a tres bandas. Primero: los capitales volátiles han irrumpido con fuerza en los procesos urbanizadores. Segundo: los gobiernos han practicado la desregulación del sector y han permitido la proliferación de productos financieros inviables. Tercero: para ampliar el mercado se ha tendido a buscar cada vez más a posibles clientes en los estratos de bajos ingresos. Resultado: se ha creado un mercado ficticio, insolvente, pero endeudado. En EE.UU. el endeudamiento hipotecario privado se acerca al 50% del total y en España la suma del endeudamiento del “bloque cementero” y de los compradores insolventes superó el 60% total del país. Pero en este caso los bancos protegieron a los grandes promotores o constructores y los gobiernos protegieron a los bancos mediante cuantiosas ayudas y préstamos. Con lo cual la deuda ahora se reparte entre el Estado (los contribuyentes) y la población de bajos ingresos. Una deuda que equivale en España al PIB. En EE.UU., el otro país más endeudado, es el 50% del PIB.

Como dijo el supermillonario Warren Buffet “en la guerra de clases afortunadamente la mía la está ganando”. Podría añadir como dice Harvey “el capitalismo es capaz de construir ciudades pero lo que no puede luego es pagarlas”. La pertinencia del análisis de clase no se termina aquí. Los expertos internacionales, como los del Banco Mundial, evalúan el desarrollo urbano en magnitudes monetarias. Por lo tanto a más urbanización extensiva, más especulación del suelo, mas construcciones con independencia de la solvencia del mercancía, más endeudamiento, más “desarrollo urbano”. Con lo cual se legitima la desregulación financiera y la urbanización con altos costes sociales y ambientales que ya expusimos al inicio de nuestro trabajo. El resultado es la crisis económica que se extiende a la economía productiva y que reduce de  forma traumática la demanda social y las posibilidades de las políticas públicas. Se ha producido una acumulación de capital en el sector financiero y se han acentuado considerablemente las desigualdades sociales. Buffet tiene razón afirma que es una guerra social y que por ahora han ganado.

¿Es pertinente entonces hablar de lucha de clases en los territorios urbanos? Evidentemente aunque uno de los contendientes aparezca como más visible y más agresivo y organizado y el otro se exprese mediante resistencias dispersas y sin objetivos unificantes. La ciudad (utilizamos este término para simplificar, aunque nos referimos a los territorios urbanizados o en proceso de serlo y más específicamente a las regiones metropolitanas) es un espacio en el que se produce una parte importante de la plusvalía y en consecuencia existe una masa importante de la población que sufre esta expropiación. Los trabajadores asalariados, el ejército de reserva de mano de obra (los inmigrantes), los jóvenes que no consiguen acceder al mercado de trabajo y los desocupados que lo han perdido y gran parte de las clases medias que están perdiendo o no les alcanzan los bienes y servicios propios del “estado del bienestar” (es decir los que cubren derechos considerados universales) son los que generan la plusvalía que se apropian el capital financiero, el bloque “cementero” y en general los capitalistas que externalizan una parte de sus costes y disfrutan de rentas de posición en las zonas más valorizadas de la ciudad. El conjunto de las clases urbanas  que sufren la alienación urbana, o la desposesión de la ciudad que han hecho y hacen cada día reciben un salario ciudadano o indirecto en forma de vivienda protegida, de transportes colectivos, de educación y asistencia sanitaria, de equipamientos culturales, de programas sociales, de servicios de protección, de espacios públicos cualificados, etc. Cuando el salario indirecto no cubre satisfactoriamente estos derechos y en cambio financieros, especuladores, promotores, constructores, capitalistas beneficiarios de rentas de posición, etc. obtienen grandes beneficios entonces se puede considerar que la ciudad es hoy un ámbito de explotación. Harvey, en el artículo de Socialist Register citado, afirma incluso que actualmente la ciudad es el lugar principal de apropiación capitalista de la plusvalía. El temor al marxismo, por su carácter revelador, es lógico cuando lo expresan las élites dominantes, pero no lo es tanto cuando se ha instalado agresivamente en los medios académicos.

 

3. La crisis urbana como crisis de la “no-ciudad”.

La llamada crisis urbana, como hemos visto, es la crisis de los procesos de urbanización de las regiones metropolitanas y de la transformación excluyente de las áreas centrales de la ciudad. Estas dinámicas se han dado siempre en la ciudad capitalista sin embargo en las últimas décadas se han dado tres cambios importantes. En primer lugar la financiarización del desarrollo urbano ha contaminado al conjunto de la sociedad. La famosa distinción entre capitalismo productivo o especulativo (parásito o “fainéant” en la parábola de Saint Simon) ahora es más confusa. Una parte importante de los capitalistas productivos participan también de la especulación . Una participación, directa o indirecta, se ha extendido a la sociedad: la compra de apartamentos o parcelas o de “productos financieros” alcanza incluso a poblaciones de bajos ingresos pues si sus ahorros son escasos las hipotecas son barata. En segundo lugar se ha difundido un conjunto de falsas creencias alimentadas por lideres políticos y económicos y los grandes medios de comunicación (véanse los suplementos de “propiedades”, “inmobiliarios” o en América latina “countries”. “El endeudamiento no tiene importancia” declaró el vicepresidente Cheney que acompañó a Bush II en su presidencia. La creencia que el bien inmobiliario o el suelo solo puede aumentar ha sido compartida por la gran mayoría de la población. Se ha estimulado mediante engaños (la letra pequeña de los contratos) a sectores poco solventes para que participaran en la pirámide inmobiliaria. Los expertos, e incluso los medios académicos, han legitimado un lenguaje tramposo que ha contribuido a crear el ambiente propicio a una carrera hacia el precipicio de muchos y al dinero fácil de unos pocos. Y en tercer lugar la dimisión de los gobiernos nacionales, los organismos internacionales y los bancos centrales de su función reguladora. Se ha impuesto, en nombre del neoliberalismo, una desregulación generalizada que ha impedido incluso reaccionar mediante políticas anticíclicas al desarrollo salvaje de la urbanización. Especialmente significativo ha sido la degeneración de las cúpulas políticas de la socialdemocracia que se han convertido en cómplices activos del proceso urbanizador, que han asumido los valores de la derecha más reaccionaria para justificarlo (el discurso securitario, la individualización de la sociedad, el hacer a todo el mundo propietarios, etc.). El resultado ha sido que cuando estalla la crisis ha estallado en el escenario político (institucional) no ha habido ni capacidad crítica, ni propuestas alternativas.

Hay que reconocer también que el marxismo, que podemos considerar la teoría crítica sobre la sociedad y la economía capitalistas, más influyente en el último siglo, se ha centrado principalmente en la acumulación de capital en el proceso de la producción industrial, ha prestado menos atención a los procesos de circulación del capital y ha considerado la temática urbana como un resultado de procesos ajenos a la misma. Evidentemente ha habido numerosas excepciones en el ámbito intelectual, pero la “cuestión urbana” (como titulaba Manuel Castells su libro teórico de orientación marxista) ha sido considerada secundaria por parte de las organizaciones políticas que se reclamaban del marxismo. Sin embargo el mismo Marx, en El Manifiesto (con Engels) y especialmente en El Capital apunta conceptos muy útiles aplicables a la ciudad  como la contradicción entre la ciudad como ámbito de cooperación entre las clases sociales y como lugar de acumulación y de explotación mediante la apropiación capitalista de la plusvalía. Así mismo sienta las bases del salario indirecto (ciudadano) como base de la reproducción social y de la desposesión a partir del concepto de alienación a la vez psicológica y material.

El análisis expuesto hasta ahora pretende demostrar que la “ciudad” actual es un territorio específico y fundamental de la lucha de clases. El hecho de que la estructura social se haya diferenciado respecto a la sociedad industrial constituida a lo largo del siglo XIX y mitad del XX y que el conflicto social anticapitalista sea hoy, potencialmente, tan o más importante de la que se pueda dar en los lugares de trabajo, no significa que no sea lucha de clases. Recordemos la afirmación contundente y premonitaria de Henry Lefebvre: “La revolución será urbana o no será”.

4. El derecho a la ciudad como propuesta alternativa.

Las contradicciones generadas por los actuales procesos de urbanización por una parte han llegado a un punto álgido y visible con la actual crisis, en especial en el caso español. Los enormes costes ambientales y sociales eran ya perceptibles: el despilfarro de bienes básicos (suelo, agua, energía), los efectos sobre el calentamiento de la atmósfera, los costes sociales del transporte cotidiano, la segregación y atomización de las poblaciones, el sentimiento colectivo de malestar y de desposesión, etc. A ello se ha añadido la crisis inmobiliaria y de las hipotecas que ha dejado a sectores importantes de la población sin ahorros o sin vivienda, y casi siempre sin lo uno y lo otro. Mientras tanto las periferias aumentan su desolación por la proliferación y diseminación de conjuntos inmobiliarios vacíos, no terminados, abandonados, muertos. Una ruina pública y privada. Como ya dijimos, la pública la pagan los contribuyentes y la privada es propia de sectores populares y en parte medios.

Pero la ciudad conserva su atractivo, su prestigio y su promesa . El atractivo de su oferta densa, variada y estimulante. El prestigio de su historia, de su identidad o valor de marca y de sus éxitos. La promesa de su vocación democrática y universalista, de la esperanza de progreso colectivo e individual, el estímulo de la aventura, del azar, de la sorpresa.  Esta imagen de la ciudad obscurece la percepción de la crisis del modelo urbanizador dominante pero al mismo tiempo expresa lo que la ciudad podría ser, la aspiración a una ciudad que responda a los deseos de justicia, libertad y esperanza. Pero esta aspiración a lo que “podría ser” la ciudad debe derivar  en un proyecto político capaz de integrar demandas diversas de las clases sociales expoliadas de sus derechos teóricos y que se plantee la reversión de los actuales procesos urbanizadores.

El derecho a la ciudad tiene la cualidad de integrar los derechos que hemos citado anteriormente: a la vivienda, al espacio público, al acceso a la centralidad, a la movilidad, a la visibilidad en el tejido urbano, a la identidad del lugar, etc. Pero su ejercicio requiere incidir en el proceso de acumulación de capital. Por ejemplo un banco hipotecario público potente, la publificación del suelo urbano y urbanizable, una legislación urbanística y fiscal que yugule la especulación y garantice la mixtura social, etc. Su eficacia dependerá de que se consigan todos a la vez así como nuevos  “nuevos derechos” de carácter socio-económico y político como la educación pública y la formación continuada, la renta básica, los mismos derechos políticos y sociales para todos los residentes, etc. Se trata de generar un salario ciudadano complejo que reduzca radicalmente la plusvalía generada por la urbanización. Utilizamos el concepto de derechos ciudadanos y no “derechos humanos” para vincularlos a los derechos y deberes que configuran el estatuto de ciudadano. La exigencia de derechos es una cuestión clave cuando se vive un cambio de época. Si no se lucha y no se consiguen los nuevos derechos que exige la sociedad actual se produce una regresión democrática. Que es lo que está ocurriendo en la actualidad.

Un proyecto político transformador no se generará en las instituciones políticas aunque algunos sectores pueden ser sensibles a las renovadas demandas que surjan de la sociedad. Tampoco se construirá en los laboratorios de investigación y en los seminarios académicos auque pueden producir ideas que ayuden a definir objetivos y a legitimar las reivindicaciones. Existen movimientos políticos e intelectuales alternativos (globales) como los que combaten la globalización del mundo real en nombre de otro mundo posible. Y los movimientos sociales y culturales de resistencia (locales) que defienden identidades o intereses colectivos legítimos, inicialmente dispersos que pueden agregarse gradualmente en proyectos políticos. Es posible que entre las corrientes más progresistas pero muy minoritarias de la política institucional, los ámbitos de investigación y debate intelectual y los movimientos globales y locales se generen intercambios y transferencias que pueden sentar las bases de un proyecto que sea a la vez realista en su acción cotidiana y radical en sus objetivos.

 

5. Elogio de la ciudad y el derecho a la belleza.

“La ciudad es la insurrección estética contra la cotidianidad” escribió Henri Lefebvre.

Para algunos  que nos ocupamos de la ciudad lo que nos atrae especialmente de ésta es que es el lugar de la libertad conquista y de la aventura posible, individual o colectiva, la multiplicación de los encuentros imprevistos, de los azares insospechados. La ciudad puede sorprendernos en cada esquina (Breton, en Nadja) y allí queremos vivir “per si hi ha una gesta” (Salvat Papasseit, poema La casa que vull). La ciudad es  vivencia personal y acción colectiva a la vez. Sus plazas y calles y sus edificios emblemáticos son el lugar donde la historia se hace, el muro de Berlín, la plaza Wenceslao de Praga, el Zócalo mexicano, la plaza Tiananmen… Y si miramos a un pasado más lejano el palacio de Petrogrado y las escaleras del Potemkine o la Bastille y el salón del Jeu de Paume junto a la Concorde del Paris revolucionario. Precisamente en este salón se proclamaron Les droits de l’homme “los hombres nacen y se desarrollan libres e iguales”. El mito originario de la ciudad es la Torre de Babel, gentes distintas pero iguales, juntas construyendo su “ciudad” como desafío al poder de los dioses, como afirmación de independencia. En la ciudad el héroe es el personaje de Chandler: duro y tierno: “si no fuera duro, señora, no estaría vivo, y si no pudiera ser tierno no merecería estarlo”. Porque la libertad se conquista cada día,  cada derecho debe ser conquistado y defendido. El ciudadano no nace, se hace, se construye por medio del conflicto, no puede ser sumiso, vivir la ciudad exige una cierta dureza. Pero a la vez la ciudad es lugar de intercambio y de cooperación, de convivencia y de solidaridades, a ciudad es cálida y es el contrapeso a la democracia que es frígida como dijo Dahrendorf .

La ciudad, real e imaginaria, la ciudad compacta y heterogénea, se caracteriza por la mezcla de la población y la velocidad de las conexiones que hace posible, es decir que multiplica las interacciones entre actores muy diversos. La ciudad se desnaturaliza cuando un planeamiento tecnocrático impone un zoning separador, cuando la lógica del mercado produce la segregación social, cuando el espacio público se privatiza o especializa. Sennett en una de sus primeras obras ya alertaba contra los efectos perversos del urbanismo funcionalista y reclamaba una ciudad que fuera lugar de encuentros múltiples entre gentes diferentes. Y el director de urbanismo de la City de Londres exponía en un encuentro internacional que los “pubs” eran el lugar más idóneo para la innovación económica y cultural pues los encuentros informales eran muchas veces los más productivos.

 

6. La ciudad como metáfora de la democracia y  la conflictividad asimétrica

Ciudadanos son los que conviven, libres e iguales, en un territorio dotado de identidad y que se autogobierna. A una pregunta televisiva, imprevista y en directo sobre como definiría el “socialismo” Mitterrand respondió escuetamente: “es la justicia, es la ciudad”. La ciudad pues es una metáfora de la democracia y del socialismo entendido como optimización de la democracia, en su doble dimensión individual y social, lírica y épica. La ciudad, como el socialismo, tiene por vocación maximizar la libertad individual en un marco de vida colectiva que minimice las desigualdades. La ciudad humaniza el ideal socialista abstracto, introduce el placer de los sentidos a la racionalidad sistemática, los deseos íntimos de cada uno modulan los proyectos colectivos. Uno, quizás el mayor, reto que tiene la izquierda, es decir el movimiento político que promueve (o debería hacerlo) un desarrollo democrático que construya una sociedad de personas libres e iguales, en un espacio de relaciones de intercambio y cooperación. Hemos expuesto anteriormente, desde el primer capítulo de este trabajo, el proceso de disolución de la ciudad en lo urbano, “reina lo urbano y se disuelve la ciudad” escribe François Choay.

La ciudad como metáfora de la democracia y  especialmente de la izquierda nos interesa  pues permite enfatizar algo que es común o necesario a ambas: la dimensión sentimental y sensual, cordial y amorosa, individualizadora y cooperativa, plural y homogeneizadora, protectora y securizante,  incierta y sorprendente, transgresora y misteriosa. Y también porque vivimos una época en que no es casual que  ciudad y  izquierda se nos pierdan a la vez, parece como si se disolvieran en el espacio público, en sentido físico y político. Si la ciudad es el ámbito generador de la innovación y del cambio es en consecuencia el humus en el que la izquierda vive y se desarrolla, en tanto que fuerza con vocación de crear futuros posibles y de promover acciones presentes. La ciudad es a la vez pasado, presente y futuro de la izquierda. Y no tener un proyecto y una acción constante de construcción de la ciudad, que se nos hace y se nos deshace cada día, es un lento suicidio.

Las nuevas regiones metropolitanas cuestionan nuestra idea de ciudad: son vastos territorios de  urbanización discontinua, fragmentada en unos casos, difusa en otros, sin límites precisos, con escasos referentes físicos y simbólicos que marquen el territorio, de espacios públicos pobres y sometidos a potentes dinámicas privatizadoras, caracterizada por la segregación social y la especialización funcional a gran escala y por centralidades “gentrificadas” (clasistas) o “museificadas”, convertidas en parques temáticos o estratificadas por las ofertas de consumo.  Esta ciudad, o “no ciudad” (como diría Marc Augé) es a la vez expresión y reproducción de una sociedad a la vez heterogénea y compartimentada (o “guetizada”), es decir mal cohesionada. Las promesas que conlleva la revolución urbana, la maximización de la  autonom ividual especialmente, está solamente al alcance de una minoría. La multiplicación de las ofertas de trabajo, residencia, cultura, formación, ocio, etc., requieren un relativo alto nivel de ingresos y de información así como disponer de un efectivo derecho a la movilidad y a la inserción en redes telemáticas. Las relaciones sociales para una minoría se extienden y son menos dependientes del trabajo y de la residencia, pero para una mayoría se han empobrecido, debido a la precarización del trabajo y el tiempo gastado en la movilidad cotidiana.

Como ya expusimos al final del segundo punto de estas conclusiones la contradicción propia a nuestras sociedades se ha trasladado en gran parte del ámbito de la empresa al del territorio. La contradicción capital-trabajo se manifiesta entre la acumulación capitalista y el salario indirecto, lo cual hace de las políticas públicas (por acción u omisión) el árbitro entre el beneficio (con frecuencia especulativo del capital) y las condiciones de vida o reproducción social de los ciudadanos. Sin embargo esta contradicción aparece  confusa por la multiformidad de los objetos o materias que la expresan, tan dispares como la vivienda y la seguridad, el trabajo precario y la inmigración, la protección del medio ambiente o el patrimonio y la movilidad. Una confusión que dificulta la construcción de proyectos simétricos oponibles.

A esta asimetría se añade la derivada de la diversidad de sujetos, con intereses a su vez contradictorios y que difícilmente son capaces de definir un escenario compartido en el que negociar el conflicto (solamente si el conflicto se agudiza y en casos puntuales). Denominamos esta conflictividad como asimétrica cuando los actores en confrontación no pueden definir objetivos negociables o no están en medida de asumir responsabilidades. Un caso extremo de conflictividad es cuando se da una rebeliones  “anómicas” (por ejemplo las protestas de los “banlieusards” de Paris) que en realidad expresan una necesidad de reconocimiento.

Esta problemática afecta a la izquierda, que se encuentra con frecuencia entre y en las distintas partes en conflicto pero que difícilmente puede evitar esta situación puesto que lógicamente está en las instituciones y también representa a la ciudadanía implicada. Pero la cuestión que interesa en este caso no es la complejidad del conflicto sino la debilidad de las políticas de la izquierda institucional en estos casos. Una debilidad que se deriva más de la inconsistencia teórica y la laxitud de los valores morales que del carácter de las personas o las opciones coyunturales de los partidos. Una debilidad de los principios y de los valores que conduce al oportunismo electoral y a la gestión rutinaria. En el capítulo cuarto, segunda parte, de nuestro trabajo analizamos un conjunto de cuestiones conflictivas, que se expresan en ámbitos territoriales de proximidad. Temas que pueden servir como test para evaluar si la izquierda institucional es portadora de un proyecto de futuro más democrático o es simplemente una gestora del presente, con sus progresos adquiridos y sus contradicciones y retrocesos permanentes. Los temas expuestos son los siguientes: la precariedad del trabajo y la formación continuada, la vivienda y el suelo, las infraestructuras y la movilidad y comunicación, la seguridad, la escuela pública y la privada, los servicios públicos colectivos y la inmigración.  No son obviamente los únicos desafíos pero sí que todos ellos cuestiones clave, conflictivas que se expresan el los actuales territorios metropolitanos, que confrontan intereses de clase opuestos y que interpelan a los distintos niveles de gobierno.

Una interpelación a la que la izquierda institucional no ha sabido responder, que la derecha ha utilizado para promover políticas regresivas  y que finalmente unos y otros han coincidido en ejercer de servidores sumisos del capital. En realidad más que servidores en muchos casos son cómplices activos que forman parte de un bloque social conservador y privilegiado.

Un ejemplo es la incapacidad de promover reformas institucionales que reforzarían a las políticas públicas orientadas hacia los intereses populares: legislación electoral, mecanismos de participación ciudadana efectivos, simplificar el entramado de instituciones territoriales (minifundismo municipal, proliferación de entes intermedios), crear gobiernos metropolitanos, etc. En estos casos no son los intereses del capital que impiden estas reformas sino los de una “clase política” que encuentra en esta inflación y esta confusión institucionales la forma de desarrollarse parasitariamente y de asumir las mínimas responsabilidades. Nadie es responsable de nada. De esta forma se facilita la conflictividad asimétrica lo cual genera un importante grado de indefensión de los sectores populares. El discurso de la gobernabilidad es una excusa para no gobernar de verdad. Con lo cual llegamos a la última conclusión: el lenguaje.

 

7. El lenguaje es acción.

Solo existe aquello que se puede nombrar, lo que no tiene un nombre específico no existe. Desde San Agustín a Lacan muchos pensadores han enfatizado la importancia de aplicar un nombre claro a las cosas. En nuestra época y en nuestro caso en la terminología habitual usada sobre la temática urbana se ha producido la eclosión de un lenguaje confusionario que, sea cual sea la intención de los que los usan, sirve para vender gato por liebre. En el capítulo séptimo de nuestro trabajo dedicamos una parte bastante extensa al tema. En esta conclusión solamente queremos destacar el uso de las palabras como armas de la lucha de clases.

El pensamiento único no es pensamiento, es propaganda ultraconservadora, y si lo fuera tampoco sería único. El pensamiento crítico ha florecido precisamente en la última década aunque gran parte de  la clase política y la académica no haya querido enterarse. Y es indispensable para la acción. No practicarlo es hacerse cómplice de las injusticias del mundo actual. El pensamiento utópico está presente en los movimientos sociales  y solo los que lo desconocen pueden considerarlo inútil, las utopías no existen para ser realizadas sino para indicar otros caminos, otros mundos posibles. También el pensamiento utópico es acción, es el horizonte que nos anima a andar.

Pero las ciencias sociales académicas y  el discurso de los políticos institucionales han asumido el pensamiento único. O la negación de un pensamiento fuerte, como ha difundido la postmodernidad, expresión intelectual de las políticas neoliberales. Se aceptan conceptos tan absurdos como perversos como “la competitividad” de las ciudades, tan confusos como la cohesión social, tan engañosos como los “mercados” o el “Estado de  Derecho”, tan equívocos como  “globalización”, tan prostituidos como “democracia” cuando se aplica únicamente a los aspectos procedimentales. Conceptos utilizados por unos y por otros, que naturalizan lo que son mecanismos y comportamientos sociales. Hoy una de las principales tareas intelectuales es desenmascarar el uso de estos conceptos y muchos más que cumplen funciones similares. Aunque a veces los que los criticamos no podemos o no sabemos evitar usarlos.

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